Educación vs envidia

La sociedad de consumo de la que formamos parte nos ha ido adiestrando para convertir la envidia en un detonante que, a la postre, sólo conduce a la exclusión entre los que tienen y los que no tienenTomás de Híjar

Detrás de la envidia que sienten los mexicanos están las emociones de inferioridad, insatisfacción, deseos y desaprobación: es la educación el escudo para hacer frente al enojo por no tener la fortuna que otro posee.

El límite entre anhelar lo que nos falta y sentir envidia es ínfimo.

Desear algo que no tenemos nos alienta a ir por ello y le da sentido a existir con el ánimo de hacer nuestro lo que deseamos; pero por un pequeño resquicio puede entrar ese desazón porque otros tienen lo que nosotros no: la envidia.

“Habría que ser cuidadosos en distinguir, lo que no es envidia y no confundir con un legítimo deseo. En el deseo no está el vicio, el vicio está en el sufrimiento por el bien ajeno y en el gozo por el mal ajeno”, explica Tomás de Híjar, presbítero de la Arquidiócesis de Guadalajara y cronista.

Así como el hombre no se tardó en sentirla, tampoco se tardó en identificarla. Ya desde inicios del renacimiento, la envidia fue hazañosa al quedar perpetuada en “La Divina Comedia”, de Dante Alighieri, como la sensación de repudio por la fortuna de otros. Años después, el filósofo René Descartes la señaló como un vicio perverso y natural en el que es evidente el enojo de algunos por el bien que le ocurre a otros. Esto porque, según el físico, por naturaleza los humanos estamos en la búsqueda de la justicia y nos enoja cuando no la hay en la distribución de los bienes.

Más allá de cualquier estigma contra la envidia que la catapulta como un vicio, el sociólogo Francesco Alberoni, la muestra como las ganas que tienen los humanos de no sentirse subestimados frente a los demás.

“Un mecanismo de defensa que ponemos en funcionamiento cuando nos sentimos disminuidos, al compararnos con alguien, con lo que posee, con lo que ha logrado hacer. Es un intento torpe de recuperar la confianza, la autoestima, desvalorizando al otro”, estipuló el sociólogo en su libro “Los envidiosos”.

Nacemos envidiosos

No hay ser vivo que escape a las leyes de la naturaleza, y así como en la selva salvaje, en la selva humana se catapultan al éxito quienes se abren paso a codazos, como lo manda la “ley del más fuerte”.

“Según esta ley, cuando fuimos infantes fuimos naturalmente egoístas, lo queríamos todo para nosotros y no soportábamos que alguien tuviera lo que nosotros deseábamos”, explica De Híjar.

El antídoto es la educación; es ahí donde nos ayudamos a no ser mezquinos y tener la disposición de gozar lo que otros tienen y nosotros compartir con los demás, explica De Híjar, y según la seriedad con la que se tome esta formación, será más plena la capacidad de gozar por los otros. Sin embargo, la educación se difumina conforme se refuerzan los estándares sociales en los que se mueve el mundo actual con la necesidad masiva de consumir, lo que no poseemos y lo que no podríamos poseer, pero a fin de cuentas, consumir, señala el presbítero.

“La envidia legitimada se vuelve un puntal para afianzar esa visión profundamente antropocéntrica que termina siendo aniquilante. Nos cuesta enormemente desprendernos de lo que tenemos y, por otra parte, quisiéramos tenerlo todo. Cuando la envidia se vuelve un factor cultural, entonces todo está perdido”, apunta De Híjar.

La envidia, un rasgo cultural del mexicano

La capacidad para disfrutar el bien del otro nos la regala la educación. De ahí que una sociedad bien educada habrá de forjar su escudo para hacer frente al enojo o resentimiento por no tener la fortuna que otro posee.

La sociedad mexicana, mientras tanto, es un pueblo corroído por la sospecha, describió en el escritor y Nobel de Literatura, Octavio Paz. “La suspicacia es hermana de la malicia y ambas son servidoras de la envidia” escribió.

Desde la mirada del escritor Enrique Krauze, la envidia y el resentimiento son las emociones que mueven las estructuras sociales en México, son el combustible nacional.  “En México es una dolencia crónica y sus efectos han sido terribles”, escribió en su obra “Octavio Paz: El poeta y la Revolución”. La envidia en el mexicano se reforzó con La Conquista, los investigadores Andrés Medina y Carlos García Mora, exploraron cómo el saqueo que vivieron las poblaciones indígenas con la llegada de los españoles profundizó la herida por lo que posee el otro.

“El indio vive en un sistema en el que ha sido despojado de sus tierras, en el que no puede tener ya el control sobre los miserables productos de su propia actividad económica; en el que los factores sociales lo obligan a simplificar todos sus valores de vida a la necesidad de buscar un pedazo de tierra; y en el que sus relaciones sociales con los hombres fuera de su comunidad no encuentran confianza y ayuda, sino explotación, odio, envidia, despojo y discriminación”, escribieron en “La quiebra política de la antropología social en México”.

Detrás de la envidia que sienten los mexicanos están las emociones de inferioridad, insatisfacción, deseos y desaprobación, según las conclusiones del estudio “Celos y Envidia: Emociones Humanas”.

“La envidia para los mexicanos, se refiere al odio que se tiene por el envidiado, ante quien se tiene mucho coraje, por poseer lo que no se tiene cuando se sufre de ambición, quizá desmedida”, señala el estudio.

La investigación se realizó en 2005, coordinada por la investigadora de la UNAM, Lucy María Reidl Martínez, y tuvo la peculiaridad de indagar cómo es que se vive la envidia desde el imaginario mexicano.

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