José Mújica y la Socialdemocracia

En la sede de las Naciones Unidas, día 26 de septiembre de 2013, una voz respetada internacionalmente, de un Jefe de Estado de un modesto país digno y respetuoso, que respeta los derechos de todos, todos los seres humanos; un país de arraigada tradición de cultura igualitaria y democrática, auténtica practicante de los valores republicanos de libertad, igualdad y fraternidad.

Sólo trágicamente interrumpida por una casta brutal, de clara imposición imperial de la Guerra Fría, donde y cuando cualquier actitud republicana igualitaria y justiciera fue vista, según consigna del Gran Poder de Occidente, como “comunismo” satanizado y digno de salvaje represión homicida.

Aquel joven rebelde y guerrillero, sobreviviente, que ahora, después de haber sido presidente de la República de Uruguay, cuida su chacra, su señora y su perrita, y su vocho; es ejemplo de la esencia de la genuina república, viviendo incluso un tanto por debajo de la “honrada medianía” que proclamaba nuestro Benito Juárez.

Cuenta la historia romana que, allá por el año 460 antes de la Era Cristiana, los representantes del pueblo romano fueron a buscar a su campo a Lucio Quintio Cincinato, para que se hiciera cargo republicano de **dictator, o sea jefe militar temporal; lo encontraron arando con su yunta de bueyes, empuñando la esteva del arado. En dos ocasiones fue convocado por su República. Otras tantas volvió a su parcela, su “chacra” dirían en Uruguay.

José Mújica es el émulo reciente y americano de Cincinato el republicano romano. Con su estilo sencillo, austero, con la concepción ética de la política, con su profundo compromiso con el bienestar colectivo, no sólo nacional, sino con pensamiento global y profundamente humano. Se oyó su voz con magisterio, con autoridad moral indiscutible. Con modestia, sin arrogancia retórica.

“Vengo del sur” dijo con claridad. Con respeto, los representantes de todo el mundo en la Asamblea General de las Naciones Unidas (el órgano genuinamente democrático del organismo internacional; y no como el oligárquico Consejo de Seguridad) entendieron muy bien que no sólo se refería a una tierra de América del Sur, sino que asumía que Uruguay es un “país en desarrollo”, como se usa en la terminología de las Naciones Unidas.

“Al arranque del siglo XX- dijo Mújica- Uruguay se puso a ser vanguardia en lo social, en el Estado, en la enseñanza. Yo diría que la Socialdemocracia se inventó en Uruguay. Durante 50 años el mundo nos vio como Suiza”. (La Suiza Suramericana era llamada, como a Costa Rica se le conocía como la Suiza Centroamericana).

No había arrogancia en las palabras de José Mújica. Había modestia autocrítica, realismo; y, por supuesto, había magisterio. Su voz, escuchada con respeto por los representantes de casi 200 naciones del planeta, se reprodujo en casi todos los medios de comunicación, incluso en Al Jazeera, hoy hostigada y perseguida por los poderes oligárquicos internacionales, que quieren acallar su voz libre en el Medio Oriente.

Sus ideales no impidieron un análisis severamente crítico de la realidad global. “Sueño con una sociedad igualitaria”. Pero afirmó con crudeza: “El capitalismo productivo está prisionero de los grandes bancos” del planeta.

Aventuró una propuesta prudente para las relaciones económicas en el mundo entero: “un neokeynesianismo   de hoy sería un modelo útil para todos”.

No propuso la supresión del libre mercado. Por lo contrario, proponiendo la puesta al día en el siglo XXI de la política económica del británico John Maynard Keynes (que se sigue aplicando en Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Alemania, Islandia, Nueva Zelanda y otros países prósperos del planeta) pretende con ello restaurar la vitalidad de los ingresos familiares y, en consecuencia, el dinamismo del mercado.

No es el caso reclamarle autorías a don Pepe. Pero por los mismos años de 1900, al igual que en otras latitudes como Europa u Oceanía, en San Luis Potosí se conformaba el Club Liberal de Camilo Arriaga, sobrino- nieto de Ponciano Arriaga.

De ahí surgió como rebelión contra el régimen porfiriano y sus entreguismos y atropellos, el Partido Liberal Mexicano, cuyo Programa del Partido Liberal en 1906 recogería las principales aspiraciones de las mayorías nacionales, cuyos puntos centrales quedarían plasmados poco después en la Constitución de 1917.

Esa demolición del orden agrario y social colonial (hoy desvirtuada por los personeros del neoliberalismo importado) es la que sentó las bases de la verdadera república, casi 100 años después de la Independencia Trigarante.

Sería bueno atender la voz de un hombre sabio: “sería un modelo útil para todos”.

 

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