Democracia: cultura y educación

“¿Qué significa la democracia si no que cada persona tiene que participar en la determinación de las condiciones y objetivos de su propio trabajo y que, en definitiva, gracias a la armonización libre y recíproca de las diferentes personas, la actividad del mundo se hace mejor que unos pocos planifican, organizan y dirigen, por muy competentes y bien intencionados que sean esos pocos?”

John Dewey.

La educación es la base de los procesos democráticos, el estado y las instituciones participan, pero los ciudadanos supervisan, proponen y exigen.

Pensar en la democracia de México hoy en día puede ser agotador. El esquema de valores que se configuran alrededor de esta palabra son esperanzadores y al mismo tiempo logran devastar hasta al más optimista.

Nuestra sociedad ha aprendido a punta de golpes que un Estado democrático es algo que se construye con algo más que buenas intenciones y un voto.

Los procesos de la democracia dependen del trabajo social que se realice por ciudadanos comunes; si bien, las instituciones tienen un papel fundamental en todos los procesos relacionados con las formas de gobierno, también es verdad que la participación de la sociedad es punta de lanza que dirige y da forma a cualquier cambio.

Cultura y democracia.

Dice Jacqueline Peschard en su libro La Cultura Política Democrática que  “la cultura es el conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que se transmiten de generación en generación, otorgando identidad a los miembros de una comunidad”.

Desde esa perspectiva, los mexicanos nos encontramos, en este momento, ante una herencia democrática que se ha ido transformando a través de los años. La percepción cultural de la política cruza directamente con todo lo relativo a instituciones dedicadas a regular el poder. Esta percepción ha dotado a las instituciones nacionales de un carácter prácticamente nulo con respecto a la confianza: el mexicano no cree en ellas por tradición.

Esta tradición se ha generado a través del aprendizaje cultural de la misma, es decir, los bisabuelos enseñaron a los abuelos a no confiar en ellas y los padres con sus hijos han hecho lo propio. Y esta culturización política también invita al ciudadano a no participar en la esfera social y política.

Afortunadamente estas ideas se han ido modificando y al día de hoy, los ciudadanos somos una parte activa de los procesos democráticos del país.

Educación y democracia

Dewey propone que “la educación es el método fundamental del progreso y la reforma social” (Democracy in education, 1903). Esta idea se hizo pensando en que la mejor manera de revolucionar una sociedad era a través de métodos educativos que hicieran niños y jóvenes más críticos y reflexivos.

La educación en la democracia desde temprana edad asegura ciudadanos que sean capaces de responsabilizarse de sus decisiones políticas. Este mismo nivel de responsabilidad se refleja en la participación ciudadana activa en temas políticos. No es necesario militar en un partido político, un ciudadano educado comprende que las instituciones regulan, pero ser libre y autónomo a estas instituciones permite crear y desarrollar un ambiente de verdadera democracia social.

Pensar de manera crítica y reflexiva es el primer paso para modificar un entorno.

Peschard cita a Almond y Verba en su libro “La cultura política democrática”: “llegan a la conclusión de que una democracia estable se logra en sociedades donde existe esencialmente una cultura política participativa”.

Pensar en la democracia

Actualmente la idea y la función de la democracia asegura que las instituciones no se hagan cargo absoluto de ella.

Juan Manuel Ramírez Saíz escribe en el libro La Participación Ciudadana en la Democracia, que en México “la participación ciudadana institucional se ha incrementado, sobre todo a través de la creación de numerosos consejos consultivos, tanto locales como sectoriales desde mediados de los años setenta”.

Una opinión pública bien informada a través de una comunicación efectiva es fundamental para crear un ambiente verdaderamente democrático. El uso de la información es fundamental, no en el sentido de esparcir rumores, sino, como herramienta que ayude a forjar un canal de comunicación entre ciudadanos, expertos y políticos.

Esta comunicación directa y eficiente también obliga a los políticos a ser responsables de sus acciones, generando automáticamente un patrón de corresponsabilidad sociedad-políticos.

Si bien este pensamiento, que es fundamentalmente Dewey, puede generar suspicacia, también nos ayuda a entender cómo comenzar a modificar los aspectos socio-culturales que hemos venido arrastrando como mexicanos. La reconstrucción del pensamiento social es fundamental para modificar el ciclo desde el inicio: la educación es la base de los procesos democráticos, el estado y las instituciones participan, pero los ciudadanos supervisan, proponen y exigen.

Jalisco en la democracia.

El estado de Jalisco ha sido precursor de diversas iniciativas que proponen modificar en forma y fondo a las instituciones que regulan el poder. Entre otras propuestas se observó la necesidad de llevar a nivel federal el revocamiento del mandato.

Ramírez Saíz menciona que la sociedad tapatía ha roto con el estereotipo de apatía por el que se le conoce, muy al contrario, “es necesario reconocer las múltiples formas de participación ciudadana que se han legislado y que se despliegan en la entidad”.

Los jaliscienses han dado muestra de tener una amplia y sofisticada cultura democrática.

La democracia es cultura, diversidad, inclusión; no podemos prescindir de esos factores para alcanzar ese deseado objetivo, y como ciudadanos, no debemos olvidar que somos los protagonistas en este enorme panorama.

 

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Marzo-2018