El Pollito: el portero que ‘vuela’

Escritor
El Ciudadano

En La Barca, si usted pregunta por el nombre de algún funcionario local o de un atleta, la mayoría le dirá el segundo, Leonardo José Sánchez Pérez, mejor conocido como el Pollo, portero de la selección nacional de fútbol.

El Pollito no pierde de vista el balón. Extiende los brazos para medir el área de su portería y justo cuando disparan la pelota, se impulsa sobre ella. Otra tajada en el entrenamiento, no por nada es el portero titular de la selección estatal y nacional de fútbol para personas con síndrome de Down.

En La Barca, este portero es un orgullo y ejemplo entre los muchachos. Si usted pregunta en la plaza por el nombre de algún funcionario local o el del atleta, la mayoría le dirá el segundo, Leonardo José Sánchez Pérez, mejor conocido como el Pollito.

No es para menos. Leo, como le dice su madre, participó el año pasado en los Juegos mundiales de la Trisomía como parte de la selección nacional de fútbol: y hace unas semanas, en la inauguración del torneo nacional, le detuvo un par de penaltis al director técnico de las Chivas, Matías Almeyda, y uno más al Presidente de Guadalajara, Enrique Alfaro.

“Allá en Italia me fue muy bien. Me fui a jugar allá. Era bueno mi equipo, paré tiros todo el tiempo. Volaba por los balones, los paraba”, relató El Pollito, mientras entrena con Bryan

El Pollito es ejemplo de unión en la comunidad de La Barca. Para pagar el viaje a Italia, sus padres organizaron rifas y eventos para reunir dinero, se promovió en las redes sociales y se pidió apoyo con los vecinos. Juntos lo lograron, y Leo representó a La Barca con cariño y esfuerzo durante el mundial.

Leo es el mayor de cinco hermanos y asume su rol cuidando a los menores y apoyando en el hogar. Su mamá es María Dolores Pérez y su papá es Leonardo Sánchez, precisamente, él es portero y es conocido como El Gallo, de ahí que le llamaran el Pollito.

“A donde voy saco a mis hijos, él andaba conmigo. Siempre agarró el balón, le gustaba patear el balón. Lo raro que se nos hacía es que pateaba el balón con la izquierda y tiraba el balón con la derecha. De ahí empezamos a jugar con él. Le gustó el balón. Desde que nació nunca lo solté, fue mi luz en el camino”, dijo su padre.

En cierto momento de su crecimiento, los padres temieron que su hijo sufriera algún tipo de discriminación. Pero el niño insistió, era inquieto, quería aprender y hacer ejercicio, y tanto la mamá como el papá, no querían truncar su vida.

“Para mí, es un orgullo por todo lo que ha logrado, luego de tantos sacrificios que se han hecho desde que estaba chiquito. Desde que tenía 11 meses lo llevé a la escuela de educación especial todos los días lo llevaba a terapias, pasó al kínder y luego a la normal. Leo lo he tratado como un niño normal, como cualquier otro”, dijo su mamá

Hoy Leo tiene muchos planes por delante. Está aprendiendo a leer y a escribir, y no deja de entrenar porque espera ir con la selección nacional a jugar a Brasil y luego a Japón.

 

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