Gloria escondida, hogar del Dr. Atl

Después de regresar de Europa, el pintor Gerardo Murillo, mejor conocido como Doctor Atl, encontró en Pihuamo el sitio perfecto para construir la Olinka, “una ciudad del conocimiento”.

“La Gloria Escondida”. Al escuchar el nombre de este sitio, suena como una de esas playas vírgenes ocultas en algún lugar de la costa, pero no, se encuentra en Pihuamo, Jalisco: se trata de una pequeña finca llena de secretos entorno al pintor Gerardo Murillo (1875-1964), mejor conocido como Doctor Atl.

En esta casona se respira un aire de misticismo e historia. Después de pasar el enorme portón verde, caminas 200 metros hasta llegar a la cumbre de la loma donde ahí, en algún momento lució un jardín rodeado de cafetales, de árboles de mangos y de bambúes, y con un gran surtidor en la fuente que esta junto a la piscina, hoy abandonada.

Al llegar al frente del zaguán, entonces se llamaba a la ama de llaves, y si nadie respondía, dabas la vuelta a la casa y pegabas un grito desde los arcos de cantera que sostenían el portal donde el Dr. se sentaba en un camastro para contemplar el paisaje que se extendía bajo su casa.

¿Dije sostenían? Sí, sostenían. Actualmente la Gloria Escondida está en ruinas.

Después de sus viajes de aprendizaje por Europa, el Dr. Atl andaba inquieto, organizaba y formaba sociedades de escritores, artistas, pensadores y filósofos. De regreso a Pihuamo, se enamoró perdidamente de los paisajes naturales y se le ocurrió construir junto a este pueblo algo que traía dando vueltas en la cabeza: la famosa Olinka, palabra náhuatl que significa “lugar donde se genera el movimiento”.

La Olinka sería “una ciudad del conocimiento” donde escritores, artistas, pensadores y filósofos echarían rienda suelta a la creación. En este lugar, la arquitectura fusionaría lo vanguardista y lo tradicional en grandes campus rodeados por la vegetación y la sierra, adornado por el Volcán de Colima y con un clima perfecto. Inspiración no les faltaría.

El Dr. Atl reunió dinero y mandó construir la casona en la loma más alta de Pihuamo, un lugar donde él podría contemplar los paisajes de la región. Tanto insistió en construir su “ciudad del conocimiento” que consiguió traer al entonces Presidente de México, Lázaro Cárdenas (y que conste que entonces para sacar a un presidente de Palacio Nacional y realizar un viaje especial era todo un rollo) y casi lo convence de entrarle a construir la Olinka.

Lo que pasó entonces fue que en esos años inició la Segunda Guerra Mundial y el Gobierno de Cárdenas tuvo que ocuparse de otras cosas; y por otro lado, la salud del pintor empezó a decaer y tuvo que trasladarse a un hospital de la ciudad para ser atendido.

El lector podría preguntar ¿por qué el famoso paisajista, escritor, doctor, periodista y crítico de arte, se enamoró de Pihuamo? Al Dr. Atl le gustaba visitar los volcanes de México y cuando tocó el turno de ir a ver el Volcán de Fuego, llegó a Pihuamo en busca de la mejor vista para pintarlos.

Fue entonces cuando observó detenidamente el pintoresco pueblito de Pihuamo, privilegiado con abundante vegetación. Al pie de la sierra, el artista no se la pensó dos veces para construir ahí la “ciudad del conocimiento”.

La Gloria Escondida es la herencia que dejó el pintor a los pihuamenses. El Dr. es parte de nuestro imaginario, de nuestras historias: desde muy pequeños se nos enseña sobre su trabajo artístico e intelectual.

Esta vieja casona en ruinas, es la leyenda que nuestros padres y abuelos nos contaron, es el secreto escondido tras el enorme portón verde al terminar la calle López Cotilla; es la aventura de los jóvenes que a hurtadillas se meten a la propiedad para contemplar en silencio algo único en la región e inventar historias sobre lo que pudo haber pasado en la casona.

Detrás del nombre

Gerardo Murillo fue una persona libre como el viento, muestra de ello son todas las profesiones que desempeñó a lo largo de su vida; tan libre que decidió cambiar su nombre por algo más acorde a su personalidad, y como era fan de la cultura nahuatl decidió ponerse el apelativo de atl, que significa agua, anteponiendo su título de doctor en filosofía para quedar como la figura que hoy conocemos: Dr. Atl.

 

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